Referencia CAR 009 / AP
Voluntario aragonés, 1837
El apoyo al carlismo en Aragón fue muy intenso, como en toda la España rural y, desde el principio, hubo muchos aragoneses dispuestos a defender con las armas la causa de don Carlos. Cuando los ejércitos carlistas lograron una organización propia de una fuerza armada moderna, en total las tropas aragonesas constituían casi ocho mil hombres, pues cada batallón debía contar con 800 soldados y había diez. Jamás tuvieron un uniforme común y la mayoría nunca usó la boina cubriéndose con todo tipo de gorros y sombreros y empleando la ropa de la región, como en el dibujo de la lámina. Solamente cuatro de los diez batallones que se formaron recibieron algo parecido a un uniforme, eligiéndose el color marrón o pardo como base, pues fue del único del que se pudo obtener suministro de paño en cantidad.
Con ese color se hicieron unos centenares de chaquetas y de capotes, eligiéndose el rojo para los vivos del uniforme y el blanco para los pantalones, pues siguiendo la costumbre carlista, motivada por la escasez, sólo se entregaron los de verano, dejando que cada cual se las apañase como pudiese para el invierno, aunque si se consiguió que usasen una boina de color idéntico, el azul, usándose en toda la variedad cromática imaginable, pues se confeccionaron boinas desde color celeste al azul marino, pero cuando llevaron borla siempre fue roja. La faja era de uso común, frecuentemente en color rojo y resultaba útil para las frías noches al raso, al igual que la manta, usada de forma habitual por las tropas carlistas no sólo de Aragón, sino también de Castilla, La Rioja y Navarra.
La representación de José María Bueno de los soldados carlistas aragoneses se centra en uno de los cuatro primeros batallones, que empleaba chaquetas cortas marrones, capotes pardos con vivos encarnados y pantalón blanco, tocándose con la clásica boina azul. Esta unidad, que combatió excelentemente bien, es la que hemos escogido para realizar nuestra figura.
Mora de Rubielos —Teruel— El carlismio contó con numerosos apoyos en Aragón. Los campesinos y la baja nobleza apegados a sus tradiciones veían en las reformas liberales una amenaza a sus modos de vida tradicionales.