HISTORIAS DE LAS 4C

El mundo oculto de "La Rosa de los Vientos" de Juan Antonio Cebrián


Durante los años que participé en "La Rosa de los Vientos" pasaron muchas cosas, y tras su muerte, decidí hacer una serie una serie de microrrelatos, llenos e ironía y humor, que publiqué en la primera versión del «Espejo Mágico» y después en Facebook donde, sin embargo, fueron ocultados cuando, por su política de contenidos, eliminaron la sección «Notas», pero creo que merece la pena recuperarlos. 


Hechos reales y microcuentos para antiguos seguidores de
Juan Antonio Cebrián


Abrázame Jesús

Personajes, que no personas

DURANTE LOS LARGOS AÑOS en los que trabajé con Juan Antonio, siempre le vi, como lo que era, amable, cariñoso, bondadoso y optimista. Pero todas esas cualidades de las que siempre hablo, no deben hacernos olvidar que se dedicó de una manera profesional y eficaz, con notable éxito a borrar mi existencia, hasta el extremo de que sólo mi dedicación y esfuerzo en los últimos meses han logrado lo que durante un momento me pareció ya imposible: demostrar mi ser real, pues como la mayor parte de la humanidad llegó a saber, yo no existía y, a lo sumo, era un profesional mejicano del doblaje llamado Carlos Canales cuyos datos corren por Internet. La situación me llevó a dudar incluso de que yo fuese de verdad, porque ¿Cómo voy a existir si el mago de la Rosa de los Vientos afirma semana tras semana que soy un programa de ordenador, un robot o una simulación? Si señores, me sentía como un ectoplasma.., y Juan, se regodeaba con su éxito.

Aunque ustedes no lo crean, el gran triunfo de Juan Antonio Cebrián no era su naturalidad, ni sus amplios conocimientos de hombre del Renacimiento, ni su voz cálida, ni su maravillosa empatía. No, su éxito sin parangón en la historia de la radio española era su capacidad para convertirnos a los que le rodeábamos en personajes, que transcendían nuestra imagen y personalidad en la vida real. Así Rueda, que es abstemio, bebía Whisky con hielo cada noche y se sentaba en el estudio con gabardina y sombrero, Bruno fumaba decenas de cigarrillos mientras tomaba litros de café y Coca-Cola y Jesús Callejo, a pesar de sentarse en realidad en el estudio a tres metros de distancia, se «abrazaba» con él cuando Bruno o yo nos enfrentábamos dialécticamente o contábamos alguna de nuestras historias sobrecogedoras. Incluso yo mismo llegó un momento que creía que Sergio Montes, del control de sonido, se llamaba de verdad Serguei de Monfort, como si fuera un caballero cátaro del siglo XIII. Pero su mayor éxito, su mejor creación, fue y es sin duda, fray Juan Ignacio de la Cuesta, el asceta que jamás come y que vive aislado del mundo. No es de extrañar que cuando los seguidores del programa se encuentran en persona con Juan Ignacio se queden asombrados.

Esta capacidad genial para crear un mundo fantástico en medio de la realidad y combinar la magia de la radio con algunas características del carácter y comportamiento de nosotros, sus colaboradores, le permitió crear un programa maravilloso que hecho historia.


Las 4C, de izquierda a derecha: Callejo, Cebrián, Canales y Cardeñosa, que aparece junto a Cuesta, "la quinta C".


Las tertulias B

El mundo oculto de la Rosa de los Vientos

A LA MAYOR PARTE de los oyentes de La Rosa de los Vientos, les fascinan e intrigan dos cosas del programa. La primera es saber si tenemos preparadas las respuestas que damos a los oyentes cuando Martín lee los correos y la segunda, es otra de las grandes creaciones de Juan y de su inmensa capacidad de hacer que la atención de los oyentes se sintiese atraída por algo que, en realidad, no formaba parte del programa y de sus contenidos, con lo que lograba que algo inexistente se convirtiese en importante. Ese «algo» eran las «Tertulias B».

Las «Tertulias B» eran, supuestamente, las enigmáticas conversaciones que tenían lugar en los cambios de hora del programa, cuando los responsables de informativos daban las noticias y nosotros salíamos al pasillo o a la cabina de control hasta que acababan. Juan se encargaba de mantener a la audiencia alerta con frases como «no podéis imaginar de lo que estábamos hablando y la intensidad de la discusión en el intermedio» o «que pena que no se puedan emitir los comentarios que hacemos fuera de antena en el pasillo mientras dan las noticias». A lo largo de los años el pasillo se convirtió en nuestro Área 51, el lugar misterioso en el que se hablaba de aquello que estaba prohibido, de lo que no podía «salir en antena», en suma, de aquello que era una pena que los oyentes no pudieran conocer y que por lo tanto debían lamentar no saber. 

Son desde hace años decenas los oyentes que me han escrito preguntando de que hablábamos en esas misteriosas «Tertulias B» y la respuesta no puede ser más sencilla: de nada. Íbamos al baño, a por bebida a la máquina o en el caso de Bruno a fumar a la calle y, en los últimos tiempos a comer, desde que los maravillosos oyentes de La Rosa de los Vientos comenzaron a tener la buena costumbre de enviarnos bebida y comida. Si alguna vez hablábamos de algo era intrascendente o una chorrada. Desde luego no me digan que Cebrián no era un genio.


El equipo de la Rosa de los Vientos  incluyendo a Silvia Casasola y Mar de Tejeda. Obviamente faltan otros muchos colaboradores del programa.


«FIMATOR»

El nacimiento de un monstruo

A PESAR DE LO QUE OCURRE HABITUALMENTE en la Feria del Libro de Madrid, en la que siempre llueve, el día del estreno de Juan Antonio hacía sol. Jesús y yo, los editores de su primer libro y entonces único, Pasajes de la Historia, habíamos preparado con cariño y cuidado todo lo necesario para que el estreno de nuestro amigo y compañero fuera perfecto. Había posters para regalar a quienes compraran el libro, se había preparado un sitio en la caseta resguardado del sol y el calor y, a pesar de que no estábamos en el mejor lugar, esperábamos que todo fuera un éxito. Por supuesto éramos optimistas. Pasajes de la Historia se estaba vendiendo muy bien y pensábamos, con razón, que Juan y Silvia se iban a hartar de firmar. Sabíamos también que eran decenas los seguidores de La Rosa de los Vientos que se acercarían a intercambiar unas palabras y conseguir una dedicatoria del creador de su programa de radio favorito. Lo que no podíamos imaginar es hasta que punto nos íbamos a equivocar...

Por supuesto al realizar el cálculo de los libros que serían necesarios nos basábamos en nuestra experiencia —como editores y como autores—, por lo que habíamos tenido en cuenta varios factores: el número de horas disponibles para la firma, el tiempo que se tarda en firmar, sabiendo que Juan, sin duda, conversaría amablemente con cada lector, pues siendo todos oyentes de la Rosa y no conociéndole personalmente, la mayoría de ellos querrían intercambiar algunas palabras con él o con el resto del equipo del programa, pues todos fuimos a arroparle en su estreno como escritor de éxito, algo que claramente ya era después de semanas encaramado a las listas de los libros más vendidos. Por último, consideramos también la posibilidad de que algunos —o muchos— de los lectores, llegasen con el libro ya comprado para que Juan se lo dedicase. Así pues, con todos los cálculos hechos, decidimos que medio centenar de libros sería razonable, así que elevamos el cálculo al alza y llevamos el doble: cien. 

Cuando Juan y Silvia llegaron ya había bastantes personas curioseando en torno a la caseta, pues la misma era conocida por los oyentes y lectores que esperaban conocer al gran Cebrián. Todo parecía ir bien. Eso sí, Juan, al fin y al cabo, era un autor novel, por lo que su estreno iba a firmar acompañado de un conocido futurólogo que también es escritor, Octavio Aceves. Antes de sentarse, Juan, con su modestia habitual, nos preguntó una vez más si creíamos que iba a firmar mucho o si se limitaría a dejar pasar el tiempo y ser mirado por los paseantes. Jesús y yo le aseguramos que iba a tener un gran éxito y yo le recordé que no se preocupara, pues hacía dos años había mantenido un terrible duelo con Gala, que era mi vecino de caseta, en el que por cada libro que yo firmaba él firmaba cien. Una competición equilibrada. Octavio Aceves que ya estaba dispuesto para firmar bolígrafo en mano río mi gracia y se preparó para atender a los curiosos que se iban acercando, aunque lamentablemente para él y para su sorpresa, todos compraron Pasajes de la Historia. Entre comentarios, risas, chistes y muchas fotos, fue pasando el tiempo y cuando apenas llevábamos dos horas, Jesús y yo vimos alucinados que las cajas se iban vaciando más rápidamente de lo previsto. En los escasos momentos que le dejaba el acoso de sus seguidores, Juan preguntaba —«¿Cómo vamos?»— a lo que Jesús o yo respondíamos con precisión profesional: —«llevamos cuarenta, esto va bien»— 

Aproximadamente entonces, nuestro vecino Octavio decidió abandonar la caseta, no había firmado ni un sólo libro y se daba cuenta de que no había nadie en el barullo que se iba formando en torno a la caseta que se dirigiera, aunque fuera por curiosidad a él, o echase un vistazo a sus obras. Así que, educadamente, se despidió y se fue. A todos nos entró una duda ¿Si era capaz de adivinar el futuro cómo no vio lo iba a ocurrir? Mientras, Juan y Silvia gastaban saliva y tinta hablando y firmando sin parar, algo magnífico, sino fuera porque los libros iban consumiéndose y las cajas se vaciaban una tras otra. 

Nos fuimos todos a comer y pensamos que a la vuelta Juan seguiría firmando un rato más y que al paso que íbamos conseguiríamos prácticamente liquidar todos los libros que habíamos llevado, pero ninguno, ni el más optimista de nosotros esperaba lo que nos íbamos a encontrar al llegar a la caseta. Bajo un sol de justicia había una cola que se extendía como una serpiente ocupando metros y metros del ancho pasillo de la Feria en el que se encontraba nuestra caseta. Nos quedamos literalmente pasmaos, sobre todo porque nos íbamos a quedar sin libros y, sinceramente, no teníamos un plan B, por lo tanto ¿qué podíamos hacer? Pues lo que hicimos, Jesús y yo nos recorrimos toda la Feria comprando en las casetas a los libreros o distribuidores TODOS los libros que tuviesen de Pasajes de la Historia. A lo largo de toda la tarde, hasta que cerraron las casetas y llegó el atardecer, Juan firmó y firmó libros hasta tener agujetas y al final reconoció que ya no sabía que poner en las dedicatorias. 

Fue un día especial, en que Jesús y yo dejamos nuestras tarjetas de crédito fundidas comprando los libros de nuestra propia editorial, para así poder alimentar al incansable monstruo de las dedicatorias que nosotros mismos habíamos ayudado a crear. Aquel día Juan Antonio mutó en otra persona, pues nació el nuevo superhéroe de la letras españolas: «Firmator».



«Firmator» en acción, una máquina de las dedicatorias, incansable, eficaz e imposible de desmoralizar.


Juan Antonio lo sabía todo

El enigma de su máquina del tiempo

EN UN CONOCIDO FORO EN INTERNET de seguidores del programa La Rosa de los Vientos hay un hilo en el que alguien llamado «Gattaca» —al parecer barcelonés—, dice de mí que:

«La única explicación lógica sobre el conocimiento infinito de Carlos Canales sobre historia, paleontología, geopolítica, ciencias aplicadas, astronomía y hormigas no deja de sorprenderme año tras año. Es imposible que un ser humano acumule tanto conocimiento en el transcurso de una sola vida. Siempre me he preguntado de donde saca el tiempo para absorber tal cantidad de información. Como organiza su tiempo. Que agenda de trabajo sigue. Cuantos colaboradores tiene. De que fuentes se nutre. La conclusión se presento ante mi de forma inapelable. El controla el tiempo. Quizá viaja en el. Solo así se explica esta narrativa casi vivencial sobre todos los temas que puedan surgir. Ahí dejo esto.» 

Ante semejante opinión no tuve más remedio que reconocer que el distinguido oyente tenía notables conocimientos sobre la trastienda del programa, pero se equivocó de persona. No, no era yo el sospechoso de vulnerar las leyes naturales que nos fijan a este mundo. ¿No me creen? Pues bien, dejen que les cuente una historia... 

Como bien dije en la parte que me correspondía del prólogo de la primera obra de Juan Antonio Cebrián, Pasajes de la Historia, no es algo desconocido para nadie, principalmente para los miles de oyentes que durante más de una década le siguieron fielmente que era un gran periodista y también es sabido de forma general, que los buenos periodistas jamás desvelan sus fuentes, ni el nombre e identidad de sus informantes. Pero yo, que no soy periodista, tras años de observar a Cebrián y tras analizar los hechos de forma objetiva y desapasionada, decidí contar cual era el secreto que se escondía detrás de las historias con las que amenizó la noche a tanta gente y durante tantos años, porque ¿nunca se han preguntado como era posible que manifestase su opinión sobre los sucesos que narraba con esa seguridad? ¿no les ha fascinado nunca su capacidad para recordar fechas, lugares, forma de los accidentes geográficos, el aspecto que tenían los grandes héroes? ¿no se extrañaban de que pudiese opinar con tan insultante seguridad de la ropa de piel de rata de Atila o de lo tonto que era el rey Carlos VII de Francia? Pues ahora van a saber la terrible verdad. 

Siendo como era el autor un periodista, lo primero que sorprende y que a buen seguro, los no historiadores agradecen, es la forma en la que se acercaba a los hechos que contaba. Leer los libros de Cebrián no sólo es algo agradable y placentero que nos enseña mucho sobre los hombres y su pasado, es algo más, es convivir directamente con los protagonistas de la historia, ver el mundo tal y como ellos lo veían, es entender la dignidad y valor de Leónidas y sus trescientos, seguir la peripecia de Gengis Khan, sólo y huérfano en la llanura, acosado por sus enemigos y abandonado por los suyos o viajar con Marco Polo a lugares ignotos. Porque en sus obras Juan Antonio no sólo nos acercaba a situaciones y lugares sorprendentes y atractivos, sino que lo hacía de tal modo que tenemos la sensación de que el narrador sabía algo que los historiadores en general desconocen. Ese «algo» era el gran secreto de Juan Antonio Cebrián, lo que yo les voy a contar, pues no por sencillo deja de ser sorprendente. 

Estimados lectores, Cebrián contaba las cosas de forma tan sencilla y próxima por una sola razón: estuvo allí. Claro ustedes no lo creen, pero yo lo sé, Equipado con su grabadora de periodista y con su libreta azul de gusanillo y pertrechado de un simple bolígrafo Cebrián anotaba y anotaba todo lo que oía. Así, camuflado de hoplita, de legionario romano, de caudillo huno o de guerrero crow, recorría incansable los lugares que describía en sus historias, observando el paisaje, hablando con los lugareños e interrogando a los protagonistas, a los que se acercaba con aire inocente, y en la mejor tradición del buen periodista, preguntaba y preguntaba, escribiendo sin parar datos en su libreta de gusanillo hasta saber todo lo que necesitaba. Por eso de una manera tan sencilla como inteligente, obtenía informaciones vedadas al resto de los hombres, pues los grandes líderes del pasado no dudaban en darle cualquier tipo de información por comprometedora que fuese, ya que ¿cómo van a sospechar de Cebrián si no sabían quién era? 

De esta sencilla forma a Cebrián le resultaba muy fácil hacer libros de historia, pues nada escapaba a su ingeniosa y escrutadora inteligencia, que dio como resultado que pudiese opinar sobre lo que pensaba Custer antes de que le machacarán a su 7º de Caballería o describir perfectamente la impresionante escena protagonizada por los legionarios de la X Legión ante el cadáver de Julio César. 

Ahora que ya saben donde está el truco espero que sigan disfrutando con las obras que nos legó Cebrián y con sus fabulosos Pasajes de la Historia, que quedarán para la posteridad como una de las más maravillosas creaciones hechas para la radio en español. En cuanto a mí, les dejaré con la duda acerca de si encontré o no su máquina el tiempo ;-)




En el Bosque de Cebrián. Allí se hacía cada año un homenaje, en Riba de Saelices, a Juan Antonio, «el crononauta».


Garry Owen

Un regalo para mi amigo Juan Antonio

MUCHOS DE LOS QUE TENEMOS más de cuarenta años guardamos en nuestra imaginación una escena de una película, que nos atrapó para siempre cuando éramos críos. Uno de los niños que la incluyó para siempre en su memoria se llamaba Juan Antonio Cebrián, era mi amigo y ya no está con nosotros.

La película se llamaba en inglés «They died with his boots on» y, curiosamente, pues no era lo habitual, se mantuvo así al ser doblada al español —Murieron con las botas puestas—. El otro día recordé que cuando hacíamos «Pasajes de la Historia», su primer libro, y yo buscaba las imágenes para su capítulo sobre Custer, le dije que un día le traería un emblema original del «7th US Cavalry», el parche con el sable y las letras bordadas con el lema «Garry Owen» que los «troopers» del regimiento lucieron en Vietnam o, recientemente, en Irak, y que desde 1876 es su símbolo y el nombre, en realidad, de una canción que hoy es ya una leyenda.  

Garry significa en gaélico «jardín», por lo que en realidad el nombre no es de una persona, sino que hace referencia a un barrio de Limerich, en Irlanda, donde estuvo acuartelado el 5.º Regimiento Británico de Lanceros Reales, que allí adoptó una canción irlandesa popular para cuando trasegaban alcohol en amigable pandilla al mejor estilo «hooligan». Esta cancioncilla, pegadiza y simpática aparece en la novela «Jack Hinton, the Guardsman», obra de Charles Lever publicada en 1843 y ambientada en las guerras napoleónicas, libro que sin duda había leído Custer y tal vez su compañero Miles Keogh, un irlandés que había combatido en África e Italia —allí al servicio del Papa— y que acabó en el 7.º de Caballería.  

Así que recordando mis charlas con Juan Antonio sobre la colina de Dakota en la que cayó Custer, me acordé de Keogh, cuyo cuerpo no fue desfigurado, pues a su comportamiento valeroso en la lucha se unió que llevaba algo en el cuello que llamó la atención de los indios, una extraña y enorme medalla, un «Agnus Dei» con la cruz de San Pedro en el reverso, en la que decía «Medaglia di Pro Petri Sede». Se la había concedido el Papa Pío IX, por sus servicios en 1860 en la batalla de Castel Fidardo, en la que sirvió en el «Battalion di San Patrizio» contra los piamonteses, y que en su muerte le ayudó para que su cadáver no fuese despedazado. 

Además, Keogh, que según la leyenda fue uno de los últimos hombres en caer junto a Custer, tenía un caballo que se llamaba «Comanche», tal vez por haber participado en campañas en el sur y del que hay muchas fotos, ya que fue el único que sobrevivió al combate, siendo curado en el fuerte de una docena de heridas. Desde entonces fue protegido por todo el regimiento como un tesoro, cabalgando en las paradas a su frente hasta su muerte muchos años después, siempre sin jinete y con una botas vacías en sus estribos.  

El revólver y los guantes de Keogh se recuperaron años después, al igual que su medalla. A «Comanche» es posible verlo disecado en la Universidad de Kansas, algo triste, que seguro no hubiese gustado al valiente capitán irlandés, pero así se escribe la historia. 

En cuanto al parche que le prometí a Juan Antonio, nunca pude dárselo en mano, y tampoco me dio tiempo a contarle entera ésta historia, así que ahora que han pasado más de dos años de su muerte, creo que era ya hora de entregárselo.  





«Garry Owen», el legendario emblema del 7.º Regimiento de Caballería que traje de los Estados Unidos y mi último regalo para JAC.

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